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Meditaciones kermesianas
Cuando uno canta nunca es dueño
del sentido de lo que canta. El sentido siempre está
del lado del otro, del que escucha y baila. Las canciones
por sí solas no significan nada, por eso en ellas
no hay nunca nada que comprender. Lo único que
cabe es preguntarse con qué funcionan, con que
otras máquinas se conectan. De ahí nace
su capacidad de emocionar y de provocar el baile. Lo
que importa es el afuera de las canciones y la capacidad
que tienen de producir intensidades precisamente ahí,
en el exterior. Por eso el autor de una canción
es siempre tanto el que la escribe, como el que la escucha
y la baila.
De lo propio a lo común
El amor es una pura paradoja. Es absolutamente común
y, al mismo tiempo, tiene una existencia marcada por
lenguajes y códigos que no son públicos.
Cantar y contar del amor y el desamor hace que aflore
cierta congoja, una timidez que tiene que ver con poner
sobre la mesa cosas de uno para que les de el aire de
todos. Una prueba para la timidez y un laberinto de
metáforas para esconder lo que de uno mismo tienen
las canciones. Un verdadero ejercicio de traducción
de lo propio en común.
Como la mayoría de las canciones que le dan cuerpo
al disco, las que cuentan de los adentros, con sus zozobras
y sus despedidas, han nacido en la ciudad de París.
Un auténtico exilio de cartón piedra indicado
para toda necesidad manifiesta de cambio de piel.
Siempre se me había hecho difícil escribir
canciones de amor y desamor. Ya me pasaba con los Hechos
contra el decoro, no por una cuestión ideológica
que me llevara a inclinarme más por la rabia
o la denuncia, sino porque sentía que tenía
otras urgencias. A veces las letras salían, pero
se quedaban guardadas en el cajón.
Fueron años importantes que marcaron rupturas
y que insertaron a los Hechos como colectivo de músicos
en el espacio cultural de ese movimiento planetario
que de Seattle a Génova cambió las reglas
del juego y dislocó las viejas coordenadas de
la práctica política, dejando definitivamente
en fuera de juego a la izquierda clásica y a
los partidos. Estuvimos en las jornadas de Praga con
nuestra música en septiembre de 2000 y participamos
de innumerables conciertos y actividades en el seno
de esa enorme e importante ola durante algunos años.
De eso hablaban nuestras canciones en el fondo. Luego
vino el tiempo de la guerra como respuesta histérica
del poder a ese movimiento global que, aunque con un
montón de limitaciones y problemas, había
despejado para siempre la disparatada ecuación
del fin de la historia y había pillado por sorpresa
a los poderosos del planeta. Más tarde asistimos
a un repliegue generalizado y al fin de un ciclo. Ahí
se terminaron los Hechos y experimenté un viaje
desde la primera línea cultural de ese combate,
a la soledad acompañada de la reflexión
en medio de la confirmación de un montón
de hipótesis que nos habían ido surgiendo
por el camino. De esa soledad salió, automáticamente
y desde la tripa, el deseo de cantar y contar sobre
la experiencia de un amor siempre nómada y en
movimiento.
De ahí nacen Imposibles,
Mais je sais, La
vida es silbar, Por la calle
Elvira o Despedirse al llegar.
Del deseo de contar y compartir, casi en un grito, el
tesoro más importante que tenemos que defender:
el impulso materialista hacia lo comunitario. El amor.
Ruso
Tarde o temprano
Se masca en el aire. El equilibrio es demasiado precario
y la cuerda no va a tardar en romperse. Hay barrios
en Madrid en los que resulta fácil adivinar el
futuro. En sus plazas y parques se dan cita dos trenes
de alta velocidad que se rozan con su movimiento y hacen
saltar chispas: los hijos de la clase trabajadora desestructurada
y huérfana de acá y de allá. La
llamada segunda generación de la fuerza de trabajo
llegada de otras partes del planeta y los jóvenes
indígenas, hijos del proletariado desindustrializado
de las grandes ciudades. A los chavales que crecen en
el vacío del nuevo siglo, jugando con el fracaso
escolar y el consumismo, entre la precariedad laboral
y la falta de salidas, se les va a acabar la paciencia,
tarde o temprano. Son miles y son invisibles solamente
para aquellos que no quieren verlos.
En ese río se baña Tarde o temprano. Como
si los levantamientos en Francia anunciaran lo que se
avecina en nuestras propias calles y plazas. La calma
tensa de Villaverde, San Blas, Alcorcón, Parla,
Leganés, Carabanchel, Vallecas o del Panben de
La Excepción no es infinita. Avanza como un lobo
con piel de cordero hasta cubrirlo todo. La experiencia
de la precariedad repetida y sus profundos estragos
vitales, pasa factura. Muchas horas en la calle, buscando
la sombra en un descampado, en la cuerda floja y sin
red. Demasiadas horas. Demasiado tiempo echándole
leña al fuego.
La dificultad extenuante de acceder una vivienda digna,
el sobrevivir al día a día del crédito
y la hipoteca, el salto de curro en curro de manera
infinita con cada vez menos dinero en el bolsillo. Una
lista interminable de minutos y minutos repetidos. Basta
subirse a un tren de cercanías para respirar
el aire viciado de los de abajo. De ahí sale
Tarde o temprano, de un viaje en el cercanías
a las ocho de la mañana, cosiendo las costuras
desgastadas de los más jóvenes del Madrid
de abajo, entre la rabia, el cansancio, la tristeza
y la alegría de seguir vivos. Miles y miles de
chavales sin política: la personificación
más evidente de que los viejos esquemas ya no
funcionan. El abismo inmenso entre la realidad y los
partidos. La imposibilidad de la representación
política de esta multitud completamente ambivalente:
capaz de lo mejor y de lo peor a poco que se le pinche
o se le arrincone.
Tarde o temprano es un himno que sale de bien adentro,
porque el ritmo de la precariedad y sus mundos es el
hip hop y la necesidad de organizarnos y empezar a darle
sentido a tanta rabia es apremiante. Debajo de los adoquines
hay un polvorín que va a arder y tenemos que
estar preparados. Ruso
Ya está siendo
Si uno tiene la oportunidad de conocer a los zapatistas
inevitablemente se enamora de ellos. El zapatismo no
es una ideología, tampoco una receta ya escrita
que hay que seguir para cambiar el mundo. El zapatismo
es una forma de vida, la manera más creativa
y viva de vestir la rebeldía en nuestros días,
por eso no tiene fronteras.
Coincidí con Amparo en México de 2001.
Eran los días de La marcha del color de la tierra.
Yo andaba por aquellas tierras rodando la película
documental Caminantes junto a Fernando León,
Jordi Abusada, José Ibáñez y otros
compañeros de viaje. Cuando la marcha llegó
a la ciudad de México, pasé algunos días
junto a Amparo en casa de una hermana común.
Hablamos mucho y en esas conversaciones comencé
a conocerla y descubrí su amor compartido por
los zapatistas. Una de esas tardes de plática
pensé que llegaría el día en el
que escribiría una canción para cantarla
con Amparo. Esa canción se llama Ya está
siendo y ya ha llegado. La escribí en París,
antes de que el EZLN lanzara su Sexta declaración
de la selva Lacandona, pero con la intuición
de que algo nuevo se avecinaba desde las montañas
del sudeste mexicano. Cuando le mandé a Amparo
la canción, no tardó demasiado en subirse
al barco y animarse a ponerle voz. Pocas semanas más
tarde, estábamos en Barcelona grabándola
en el estudio de Tomasín.
Ya está siendo es un homenaje a los hombres,
mujeres, ancianos y niños del EZLN. Ellos han
sido para mí una escuela de dignidad y resistencia
en los últimos años. Más allá
de las particularidades sociales y políticas
de ese enorme país que es México, el último
episodio de su aventura tiene una importancia enorme
para muchos de nosotros. La denominada “Otra campaña”,
ese movimiento social de articulación de una
alternativa de país por abajo que están
promoviendo los zapatistas desde hace unos meses, señala
con una radicalidad saludable las fisuras del orden
existente, los límites de “la política
de los políticos” y la necesidad de inventar
nuevas maneras de hacer política, democráticas
y desde abajo, colocando la cuestión de la organización
como elemento indispensable de toda acción colectiva
para cambiar el mundo en el que vivimos. Ruso
Ti ti ti ti
A veces es el azar el que te regala tesoros y te hace
conocer mundos. Otras veces son los hermanos y los amigos.
Rino Gaetano es de esos acontecimientos que no se buscan,
se encuentran.
Escuché a Gaetano por primera vez en Roma, de
la mano de Giuliana, una buena amiga. Mientras recorríamos
las calles de Roma peligro para caminantes, la música
de Rino comenzó a sonar en el viejo casete del
coche. Me quedé prendado de inmediato. Más
tarde, cuando viví en el noreste de Italia hace
unos pocos años, TestaOne* me deslizó
una mañana por debajo de la puerta de casa un
cd con una recopilación de canciones de Gaetano.
Desde entonces, su música me llena los bolsillos
y los días.
Rino Gaetano era un juglar de la cotidianidad proletaria.
Criado en el popular barrio romano de Monte Sacro, irrumpió
en la escena musical italiana de los años setenta
como una auténtica anomalía, un extraño
animal inclasificable e incómodo: demasiada ironía,
demasiado retrato desapacible de su tiempo, demasiada
rabia sincera, demasiada pasión verdadera. Pese
a todo, resistió y resistió hasta conseguir,
contra viento y marea, surfear la ola de las radiofórmulas
y asaltar el Festival de San Remo en 1978. A partir
de ahí, Rino se convirtió en un símbolo
para muchos jóvenes de la clase obrera italiana.
Capaz de pintar el cuadro de contradicciones y excesos
que modeló su tiempo, entre luchas sociales generalizadas
y crisis del sistema en ese 68 permanente que en Italia
duró diez años, sin concederle un ápice
de terreno al panfleto ni regalarle un centímetro
al exceso ideológico, Rino escribió y
cantó algunas de las canciones más bellas
que jamás haya escuchado.
Ti ti ti ti es una de ellas. Inmutable al paso del tiempo,
es un trozo de sentido común musicado. Por lo
que tiene de común, de lugar habitado por muchos
de nosotros, por nuestra rabia y el desdén con
el que miramos hacia arriba. Ti ti ti ti es el mapa
de dos mundos: el de la gente común con sus deseos
y preocupaciones cotidianas, con sus mil y una dificultades
para seguir adelante en medio de sueños y deseo
de una vida mejor; y el de una clase política
a años luz de esa realidad que todos los días
mueve el mundo y produce la riqueza, entre políticos
infames de derecha y una izquierda que cada vez tiene
más de simulacro y vacío.
*Testa es un buen hermano y una enciclopedia musical
andante. Es parte de Radio Sherwood, la emisora libre
ligada al movimiento más radical y más
maravilloso que he conocido en Europa, con varios centros
sociales ocupados, cooperativas de autoempleo y de intervención
social, emisoras de radio, iniciativas de cooperación
internacional, centenares de casas ocupadas y una inteligencia
colectiva para pensar y actuar sobre la realidad que
apabulla. Desde hace treinta años, Radio Sherwood
emite cada día una programación cargada
de cultura, de música y de noticias de las luchas
sociales en medio mundo. Testa tiene un programa los
lunes por la noche, un viaje por el rock and roll de
todos los tiempos y una ventana a la música guitarrera
de ayer y de hoy. Basta clickar www.sherwood.it
para escuchar en directo las emisiones. Ruso
Musikaz aldatu (Cambiar de
música)
Jesús Ibáñez solía decir
en relación a Euskadi que cuando algo es necesario
e imposible al mismo tiempo hay que cambiar las reglas
del juego. Esa idea, fundamental para muchos de nosotros,
impregna Musikaz Aldatu.
Escribí la letra de la canción en París,
un año y medio antes de que se comenzara a hablar
del esperanzador proceso de paz que está germinando
en los últimos meses. Algo traía el aire
y, sobre todo, algo traían los deseos acumulados
durante años y la certeza de que solamente dándole
una oportunidad a la palabra se puede comenzar a caminar
el fin de un conflicto armado que ha marcado la vida
en Euskadi desde hace décadas.
Cuando la exploración de la vía armada
por parte de los movimientos radicales europeos se transformó
irreversiblemente en práctica terrorista, Félix
Guattari escribió un texto en el que expresó
su distancia total con esa deriva, el brutal límite
estratégico que la determinaba y la inadmisible
perversidad ética que caracterizaba su desarrollo.
Cambiar de música es una reflexión vital
que, como toda la obra de Guattari, nos ha marcado a
muchos de nosotros. De ahí agarré el título
de la canción.
Durante la década de los ochenta, con los ojos
y los oídos abiertos de par en par, comencé
a interesarme por la riqueza de los movimientos sociales
en Euskadi. De los gaztetxes a las radios libres, de
los colectivos ecologistas a la determinación
de la resistencia de la izquierda abertzale, algunos
de nosotros aprendimos mucho en Euskadi y encontramos
muchos hermanos por allí. El rock y el punk vasco
hicieron el resto. Nuestra adolescencia fue un viaje
de Kortatu a Baldin Bada, de Zarrapo a La polla records,
pasando por bandas como Ertzainak, Escorbuto, Rip, Cicatriz,
Barricada, Bap, Delirium tremens y un largo etcétera
que ponía de manifiesto la potencia cultural
que acompañaba los movimientos que se agitaban
por abajo y a la izquierda.
En ese mar de músicos y activistas de la vida
en resistencia destacaba Fermín Muguruza. La
aventura emprendida con los Hechos contra el decoro
y la inmediata conexión con Fermín me
regalaron la posibilidad de conocerlo y tenerlo como
uno de los hermanos mayores de los que aprendo en esto
de la música y sus intensidades. Desde el principio,
según brotaban las palabras con las que iba componiendo
el texto de Musikaz aldatu, supe que esa canción
nacía para ser cantada con Fermín. Cuando
se lo plantee a Andrés no dudó ni un momento
y se puso a trabajar en los universos musicales por
los que transita Fermín, del reggae al drum and
bass. Seguramente Fermín no lo sepa, pero en
parte es culpable de que La kermés exista y de
que a mí se me haya ocurrido la disparatada idea
de volver a los escenarios. Me invitó a cantar
con él en el último concierto de su Inkomunikazioa
Tour. Ese día de agosto, en Bilbao y delante
de más de veinte mil personas, acumulé
tanta adrenalina y tantas ganas de tocar que me marché
a París con la idea de regresar con las letras
de un disco debajo del brazo para metérselas
a Andrés en el bolsillo y juntos parir una nueva
aventura. El apoyo incondicional de Morrosko ha hecho
el resto. Ruso
Musikaz aldatu
Desde el principio teníamos la idea de que Ruso
cantara este tema con Fermín, así que
cuando nos pusimos manos a la obra con la música
no podíamos quitarnos de la cabeza el “virus”
Fermín Style (reggae, dub, jungle..).
El proceso de composición y preproducción
han ido de la mano y ha sido muy exhaustivo; de hecho
fuimos al estudio con varias pistas pregrabadas (efectos,
loops under drum, flautas e incluso una doble pista
de guitarra recargada de efecto para darle un toque
especial al riff del estribillo).
Por último para darle un toque deluxe la voz
Eva Reina y el scratch de DZ al más puro estilo
Kontrabanda. Andrés Belmonte
(La tristeza)
Uno de los primeros recuerdos que tengo de Moscú
son los paseos sin brújula ni calendario por
la calle Arbat. El primero de ellos fue una noche a
pocas horas de mi aterrizaje en la capital de lo que
en aquel tiempo se llamaba Unión Soviética.
Era agosto de 1990. Una noche que amenazaba lluvia y
que condensaba toda la incertidumbre que acompañaba
la aventura que me había sacado de la manga:
trasladar mi residencia al otro lado del telón
de acero recién caído y respirar los vientos
de cambio que mecían el este de Europa.
En ese primer paseo descubrí la figura de Víctor
Tsoi y la veneración que muchos jóvenes
soviéticos le tenían. En uno de los rincones
de la mágica calle del centro de la ciudad, decenas
de ellos se agolpaban en lo que parecía un mausoleo
improvisado. Entre velas encendidas, canciones cantadas
a coro, llantos y fotografías de Tsoi mezcladas
con mensajes escritos con tiza y rotulador en las paredes,
me acerqué sin hacer ruido a la pequeña
muchedumbre concentrada y le pregunté a una chica
que abrazaba una gastada fotografía del músico.
Ella me contó que Víctor había
muerto hacía pocos días, “dicen
que ha sido un accidente de tráfico, pero nosotros
sabemos que han sido ellos, el KGB lo ha matado”.
Luego me explicó que Tsoi era un mito, un músico
que personificaba el deseo indomable de libertad de
miles y miles de jóvenes soviéticos y
que estaba al frente de una banda nacida en Leningrado
llamada Kino. Días más arde, tuve que
hacer algunas horas de cola en una tienda Melodía
que había en Profsoiuznaia, muy cerca de la plaza
de Ho Chi Min, para conseguir un disco recopilatorio
de Tsoi y su banda. Desde entonces, Kino le puso música
a los años que pasé en Moscú. Años
de transformación del mundo, de soledades acompañadas,
de amor y cambio de piel.
Kino sigue acompañándome allá donde
voy, regalándome las canciones que mecieron los
días más intensos de mi vida. Pechal (La
tristeza), el tema que hemos versioneado, sigue teniendo
una vigencia enorme a la hora de nombrar los caminos
por los que transita ese inmenso pedazo de tierra que
se llama Rusia: un tirar hacia adelante en medio de
la barbarie, una batalla permanente a la tristeza de
saberse sin horizonte, sin referentes. También
para ponerle voz y música a esos momentos repetidos
en los que la pena se come el aire, así, como
se respira, sin saber muy bien de dónde sale.
Ruso
Por la calle Elvira
El proceso de producción de esta canción
ha sido diferente al resto. Era un tema que teníamos
en la recámara, pero no empezamos a trabajar
en él hasta un par de semanas antes de la grabación.
Partimos de una melodía en clave de rumba y la
idea de recrearla de forma eléctrica; groove
“moderno” de bajo y batería, riff
de guitarra eléctrica ( ¡¡Fender
stratocaster del 73!!) y rhodes. Así que hicimos
una maqueta rápidamente para estructurar el tema
y mostrar a los músicos la onda que buscábamos,
hicimos un par de arreglos con la banda en el local
de ensayo y abrimos la puerta a la improvisación.
Cada uno grabó su pista en el estudio sin saber
lo que iban a hacer los demás.
Sabíamos que era un riesgo, pero confiábamos
plenamente en la banda y además era una forma
de experimentar lo que podía ser el sonido de
la banda en directo, ya que cada músico sólo
ha grabado una pista.
Es una de mis canciones preferidas del disco en parte
porque es una sorpresa que nos hemos regalado.
Andrés Belmonte
L’echo des mots de Musta
(El eco de las palabras de Musta)
La última noche del año ofrece en las
calles de París la fotografía detenida
de la realidad en las grandes ciudades del viejo continente.
Miles de jóvenes de la periferia toman la madrugada
y la calle. Como salidos de debajo de las piedras, ponen
entre paréntesis la cotidianidad de sus vidas
y recorren la noche vieja con los bolsillos llenos de
rabia y ganas de decir que existen y están vivos.
Durante todo el año, hay barrios de la banlieueu
parisina en los que los jóvenes tienen restringida
la libertad de movimiento. La policía toma las
estaciones de tren el fin de semana para que no puedan
llegar al centro de la ciudad y mostrar a cuerpo la
realidad de la desigualdad, la otra cara de los folletos
turísticos. Pasé en París casi
un año entre el 2004 y el 2005. Me traje en la
retina la primera madrugada de un año que en
su otoño vivió el estallido de los barrios
jodidos de las periferias urbanas en toda Francia. Entonces
surgió el deseo y la idea de hacer una canción
sobre todo eso. El estribillo de Hay algo aquí
que va mal de Kortatu se me disparó dentro como
banda sonora y el hip hop potente de Assasin, NTM, Kool
Shen y sobre todo Bams, ese milagro en la escena rapera
europea, le puso ritmo al deseo de cantar lo que veía
y sentía en las calles de París.
Creo que la importancia de las revueltas de las banlieues
de abajo reside en su extremada eficacia a la hora de
poner sobre la mesa la existencia de un doble límite
en el presente que habitamos. Por un lado, el abismo
social que el neoliberalismo conlleva y su incapacidad
cada vez mayor para controlar y gobernar tanto las profundas
desigualdades sociales que genera, como las rebeldías
e insurgencias que multiplica. Por otro lado, la dificultad
de la izquierda francesa para entender y vivir el conflicto
social: el fuera de juego de la izquierda durante las
revueltas de las banlieues de abajo pone de manifiesto
su déficit de pensamiento y de acción.
Doble límite, por abajo y por arriba.
Más allá de la ambivalencia que acompañan
las revueltas en las periferias francesas, el fuego
prendido por los jóvenes que las habitan es la
punta del iceberg de las insurgencias metropolitanas
contemporáneas. Su carácter reactivo se
acompaña de nuevas formas de subjetividad que
emergen desde una cotidianidad colectiva de resistencia
que se teje al margen del mainstream y de las pantallas
de televisión. Su mundo no es solamente el reflejado
por Mathieu Kassovitz en La haine (1995), sino también
el narrado por Abdellatif Kechice en su maravillosa
película L’esquive (2003).
L’echo des mots de Musta sale de ahí, de
un ejercicio de pequeño homenaje y reconocimiento
a esos jóvenes que se bregan todos los días
por defender la sociedad en los barrios más jodidos
de Francia. Ruso
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